Cambio o Reformas

Narrativa históricaCultura Agosto 26, 2021

Lo dijo Álvaro Gómez con toda precisión: “los demagogos lo simplifican todo: queremos que haya un cambio. De ellos no nos queda sino este propósito elemental, carente de contenido y sin dignidad intelectual alguna”. 

Por ello, la mejor manera de identificar a un populista es el uso infinito e indiscriminado que hace de la palabra cambio. “Necesitamos un cambio”, “Hay que imponer un cambio”, “Lo que yo propongo es un cambio”, “El cambio es urgente”, “El cambio es la única alternativa”, “El cambio es la salida” son frases que abundan en los discursos populistas. Esta palabra suave y atractiva es mucho más digerible que la dura connotación que tiene la palabra revolución, que asusta y genera prevenciones en muchos.

Sorprende la facilidad con que invocamos el cambio y la enorme dificultad que tiene nuestra sociedad para emprender una serie de reformas urgentes que nos permitan superar la pobreza. Por ejemplo, nuestro sistema de educación es un fracaso evidente. Politizado, mediocre, obsoleto y generador de desigualdades, el modelo educativo colombiano es una fábrica de desempleo y frustraciones para la juventud. Un demagogo pide el cambio del sistema, pero se opone a reformas como premiar a los maestros según el desempeño de sus alumnos o exigir que se capaciten en tecnología e idiomas. 

Más de la mitad de los colombianos sobreviven en la informalidad. Nuestro régimen laboral impide dinamizar la generación de empleos estables y formales que les brinde acceso a millones de compatriotas a la seguridad social y la pensión. Los sindicatos claman contra esta injustica pidiendo cambios, pero la reforma laboral es algo que no se les puede mencionar. 

El sistema de justicia, que favorece la impunidad y fomenta la corrupción, es el mayor reto que tiene la democracia. Hay consenso nacional para solucionar sus problemas estructurales y cada esfuerzo de reforma fracasa por el saboteo del poder judicial. 

El modelo clientelista destruyó los partidos, pudrió el poder legislativo y contagió de corrupción cada departamento y municipio del país. Pero las únicas reformas al régimen político que prosperan son las que aumentan el poder de la clase política sobre el sistema. 

Hay muchos, entonces, que hablan del cambio, pero que, en realidad, son adversos a este. Abundan en la función pública en que toda innovación encuentra una furiosa resistencia. Los sindicalistas pueden ser una de las categorías menos partidarias del cambio. También lo son los partidarios de las tarjetas profesionales que crean murallas de privilegios y restricciones. Todos ellos quieren proteger sus rentas o su comodidad de la incómoda competencia. 

Desconfiemos de las propuestas de cambio, porque, en realidad, esconden el deseo de proteger a los privilegiados que no son solo los ricos y poderosos. Hay muchos otros privilegiados que son reaccionarios e inmovilistas, a pesar de arroparse con su lenguaje populachero. 

El cambio del que hablan los populistas consiste en apuntalar los privilegios que ellos gozan sin permitir las reformas que los demás necesitan para poder mejorar sus vidas. “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie, pero para los demás”, como diría la versión populista de Lampedusa.

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