La Revuelta de los Oprimidos

Nuevos liderazgosCultura Agosto 4, 2021

Me llamo Carlos, soy profesor, he estudiado por años.  Me gusta la filosofía que predica que los hombres siempre hemos coexistido como opuestos.  La sociedad, para mí, es un campo de batalla.  A unos los veo propietarios, a otros, desposeídos; a estos, explotadores, a aquellos, oprimidos; a los de allá, abusadores, a los de acá, esclavos.  Mi ideología sostiene que las ventajas de unos son, en realidad, privilegios, y que se han conseguido con engaños y coacción.  Pero esta dialéctica no ha de perpetuarse para siempre, cambiará cuando las víctimas nos revelemos, está escrito, tendremos una sociedad igualitaria en la que todos podremos dedicarnos, sin cadenas, a hacer las cosas que más nos gustan y ser felices.  ¿Por qué no, entonces, darle un empujoncito a la historia?  Escribo ensayos ensalzando a los oprimidos, cambio el uso de mi lenguaje para que refleje exclusión y pugna, sobre todo en las mujeres jóvenes, reniego del sistema capitalista por causar desigualdad. Mi civilización me parece injusta y, por eso, estoy enojado. 

Me llamo Pedro, soy artista.  Yo he desentrañado los profundos secretos de la vida.  De mi interior brotan poesía, pintura y música.  Estoy autocomplacido con la estatura de mi sensibilidad y quiero mostrarle al mundo lo que siento, pero el mundo no me entiende, ni mi arte se vende.  Mi sociedad consumista no me valora.  Me siento solo y, por eso, estoy enojado. 

Soy Alberto, un campesino, a mi alrededor solo hay pobreza.  Me cansé de que mi esfuerzo no me trajera una vida mejor, agotado, me armé.  Siento que represento un pueblo oprimido, así que, de mis opresores, tomo por la fuerza las cosas que quiero para mí y para los míos.  No reparo en mis métodos, hago lo que las circunstancias me exigen, estoy acostumbrado a la dureza.  En el pasado, cuando me preguntaba por mi pobreza, no tenía una respuesta clara, hasta el día en que oí lo que el intelectual pregonaba: la culpa es de los ricos, decía y, por eso, estoy enojado.

Soy María, una joven.  Ni las letras ni los números son lo mío, tampoco el arte.  No podría decirse que sea especialmente dotada.  Evitar el sufrimiento y buscar el placer es mi lema.  Cuando la angustia de vivir me pone a prueba, me distraigo con entretenimiento.  Aunque estar al tanto de lo que pasa no me importa mucho, me gusta opinar y me siento segura repitiendo lo que he oído de mis maestros, pues cuento con que las ideas aprendidas no llevan trampas.  A pesar de mi andar ligero, me importan algunos asuntos: siento afección por los menos favorecidos y también me preocupo por la democracia, aunque no me gustan los políticos. Me angustia el calentamiento global, el maltrato animal y la extinción de las especies, no quiero que los animales se mueran.  Creo que el hombre va a acabar con el mundo y, por eso, estoy enojada.

Un día decidimos juntarnos para subvertir el orden de las cosas, éramos beligerantes.  Nos denominamos revolucionarios, nos arrogamos la bandera de la justicia y buscamos nuevos principios para la sociedad.  La igualdad era nuestro fin último.  Sabíamos que algunos pagarían el precio de nuestra cruzada, no nos importó, nunca un cambio importante se logró sin daños colaterales, además, no se defendieron.  Nos tomamos las universidades y los espacios culturales, nos hicimos elegir en cargos públicos, nos sindicalizamos, cambiamos las leyes y montamos oficinas para controlar nuestro proyecto de un mundo mejor.  Ofrecimos rentas, casas y universidades, todo gratuito, la sociedad nos lo debía.  Al altar de sacrificios llevamos al único hombre que podía desacreditar nuestra lucha: al hombre esforzado, ya no tiene caso ocultarlo.  Lo reconocimos porque no se parecía a nosotros, lo llamamos fascista y lo quemamos en la hoguera del escarnio público.  Cuando por fin acabamos con todos, las cosas cambiaron, sí que cambiaron.  De repente fuimos más pobres y desiguales.  ¿Nuestras victorias? espejismos.  Nos quedamos solos, cara a cara con la implacable verdad, y supimos que solo quedaban dos cosas por hacer: o reconocíamos que estábamos equivocados o terminábamos de destruirnos a nosotros mismos.


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