¿Solución o abismo?

Nuevos liderazgosCultura Octubre 20, 2021

A diario escuchamos, vemos y leemos líderes políticos que prometen cambiar el destino de nuestro país y reescribir la historia; aseguran que pueden acabar con el hambre, la pobreza, la guerra y la desigualdad, que son ellos y solo ellos lo que Colombia necesita para ser una potencia mundial. Estos líderes populistas se autoproclaman como la solución pero conducen la democracia al abismo porque no respetan las instituciones, la participación ciudadana, las libertades individuales, la oposición política ni la rendición de cuentas.   

La democracia ha permitido el florecimiento de las sociedades occidentales por su defensa al imperio de la ley (reglas, instituciones y procedimientos claros), garantía de la participación ciudadana, reconocimiento de la oposición, respeto a los derechos y libertades individuales, protección al libre mercado y promoción de la rendición de cuentas. La democracia en Colombia tiene que enfrentar al menos un reto y una amenaza: el reto es continuar fortaleciéndose y expandiéndose; la amenaza es el constante surgimiento de líderes populistas.

Los líderes populistas no respetan las instituciones, las reglas y los procedimientos de la democracia porque consideran que están por encima de estos; aunque defienden las elecciones limpias, una vez son elegidos, los ciudadanos y las instituciones deben someterse a ellos. La democracia garantiza procedimientos ciertos y resultados inciertos, el populismo asegura que se hará la voluntad de un líder iluminado; este fue el caso del expresidente de Perú Alberto Fujimori cuando cerró el Congreso arbitrariamente, una institución que debería canalizar las demandas ciudadanas y no obedecer al presidente de turno.

Los líderes mesiánicos tampoco respetan la participación ciudadana, los derechos ni las libertades individuales; los ciudadanas en oposición a su proyecto político son excluidos y sus derechos no son garantizados. Prueba de esto, son los casos de los periodistas Orlando Gómez y Juan Carlos Calderón durante el gobierno de Rafael Correa en Ecuador: el primero sufrió un atentado después de publicar un artículo sobre la libertad de expresión, mientras que el segundo fue multado con un millón de dólares por relatar los contratos del hermano del presidente con el Estado.

Asimismo, el populismo no respeta a la oposición política, un principio fundamental de la democracia pluralista. Los líderes populistas construyen un discurso con categorías dicotómicas: los buenos contra los malos, el pueblo contra la oligarquía; que impide llegar a consensos políticos que favorezcan a la búsqueda del bien común. Por ejemplo, en el gobierno de Hugo Chávez, ex presidente de Venezuela, hubo detención y persecución política a líderes de la oposición, cooptado el poder y adoptando un modelo autoritario.

Del mismo modo, los populistas no respetan el libre mercado, proponen modelos colectivistas insostenibles a largo plazo. Sus políticas económicas se caracterizan por una fuerte expansión del gasto público y terminan provocando hiperinflación, déficit fiscal, crisis cambiaria, deterioro del salario real, inestabilidad social y asfixia de la iniciativa privada. Al obstruir la creación de empresas, obstaculizan el crecimiento económico a largo plazo, la reducción de la pobreza, la creación de empleo, la movilidad social y el uso de las libertades económicas.

En cuanto a la rendición de cuentas, los populistas tienen poco que decir y dejan mucho que desear: sus gobiernos incluyen manipulación de cifras, clientelismo y escándalos de corrupción como los casos de Lava Jato y Odebrecht, el primero involucró al expresidente Lula da Silva y el segundo al gobierno de Rafael Correa. Asimismo, sus fallas administrativas las excusan afirmando que son culpa de sus enemigos políticos como es el caso de Gustavo Petro cuando fue alcalde de Bogotá.

En conclusión,  los líderes populistas y mesiánicos aunque se autoproclaman salvadores, ponen la democracia al borde del abismo: amenazan los derechos y las libertades individuales, las instituciones, la existencia de la oposición y el progreso económico. Entonces, hay al menos una pregunta relevante que hacer de cara a las próximas elecciones:  ¿quién salva a la democracia del populismo?

 


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