Violencia: un plan siniestro para llegar al poder

Nuevos liderazgosCultura Agosto 4, 2021

Colombia, azotada por grupos armados al margen de la ley y corredor estratégico del narcotráfico, ha sufrido durante décadas una violencia que escaló progresivamente, como parte de un plan internacional que solamente los incautos o afines a la causa socialista del siglo XXI se niegan a creer.

Y es que su geografía, fronteras y la fertilidad de sus suelos, la “convirtieron en joya de la corona”, el tesoro más codiciado por quienes aún sueñan ver a Latinoamérica sometida bajo el rancio y mezquino proyecto del ‘Ché’ Guevara y Fidel. ¿Quién diría que tantos años después, seguiría vivo el plan de replicar el genocidio que condenó a Cuba a vivir para siempre en la miseria?

Lo intentaron una vez secuestrando municipios, carreteras, aviones, colombianos y atemorizando a la ciudadanía con bombas, extorsión, pescas milagrosas y amenazas desde la clandestinidad. Sin embargo, la seguridad democrática y el apoyo de Estados Unidos, fueron determinantes en la liberación de secuestrados y fuimos perdiendo el miedo como sociedad hasta el punto de inundar las calles en una inmensa marcha contra el terrorismo, celebrando tener uno de los mejores ejércitos del mundo.

Arrinconado y casi extinto, el proyecto socialista necesitaba oxígeno y lo obtuvo en La Habana con el acuerdo de paz. Cuán noble parecía para quienes se dejaron envolver por el flautista de Hamelín, dar oportunidad de reinserción a quienes cometieron atrocidades, incluso les dieron curul y terminamos todos pagándoles la casa, el carro, los escoltas y el sueldo, bajo la extorsión de que era mejor la impunidad para que no siguieran matando.

Lo que pocos calcularon fue que la impunidad con curul les daría poder, invertiría la historia y secuestraría la verdad, desembocando en la hecatombe que estamos viviendo actualmente. ¿Suena exagerado? Puede ser, pero es más exagerado y absurdo que individuos acusados de reclutar y violar niños y masacrar pueblos enteros, hoy se autodenominen “defensores de Derechos Humanos”.

Lo que parecía un plan inocente para alcanzar la paz, fue cimiento para que tuvieran micrófonos abiertos y plazas para hablarle a una juventud desinformada, que no vivió la primera amenaza terrorista y les compró el discurso de la “justicia social”, sin saber que los alienarían para salir a las calles a destruirlo todo, como parte de la nueva estrategia para llegar al poder.

Es así como nos despertamos hoy, un día cualquiera del año 2021, viendo arder alcaldías, estaciones de policía, bancos, supermercados y vehículos de transporte público, mientras se desangran empresas, se destruyen empleos, se acaba con la economía del país ya golpeada a raíz de la pandemia y la ilusión de reactivarnos casi desvanece en medio del caos generado por una minoría violenta, financiada por guerrillas terroristas y políticos a quienes les conviene el peor escenario posible.

La violencia con razón social amenaza con devolvernos al pasado y acelerar el futuro temido por las mayorías, de terminar en la pobreza y gobernados por un puñado de resentidos con más prontuario que hoja de vida, que anhelan igualdad de escasez para los ciudadanos, mientras se roban todo y viven a cuerpo de rey en su esfera política.

A los únicos que les conviene el atraso, la pobreza, el caos y la destrucción es a los que predican un discurso visceral de odio de clases. Atacan la economía para que el hambre agite aún más los ánimos y llevarnos a un punto de crisis social en el que ya no será fácil reconstruir, sino acostumbrarnos a vivir precariamente, así… sobreviviendo.

La pregunta es, ¿cederemos Colombia o nos levantaremos con el tesón que nos ha caracterizado en el pasado sin negociaciones con los violentos? Que la autoridad sea nuestra guía y la paz alcanzada sea necesariamente hermana de la justicia y la verdad.


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